Dragon Ball y la grandeza del Shonen.

 

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Muchas grandes preguntas surgen en torno a Dragón Ball. Desde el resultado de una hipotética batalla de Goku con Kal-el, la calidad de sus secuelas, su efecto en el mercado del manga, e incluso, si es propio de un hombre hecho y derecho seguir viendo tales historias.

Es obvio que Dragon Ball es infantil y además tonto, banal. Pero porque es infantil hay algo más en el: lo infantil no solo es lo que, a fuerza de no haberse desarrollado, es  necio, “pueril”, es lo que es potencial y mira todo desde sus potenciales “quisiera ser…”. Eso se extiende a todo el segmento del manga que llamamos shonen , manga juvenil dirigido a adolescentes varones.

Mientras que el manga para muchachas fue encasillado en lo sentimental -y lo sentimental en la triste búsqueda del novio o del marido- la grandeza del Shonen reside en otra cosa: es la historia de la fuerza, del nacimiento de una fuerza y su llegada a la plenitud.

Así que en Dragon Ball hay una grandeza o al menos una idea de la grandeza que es aparece dispersa entre sus premisas y en algunos episodios. Su grandeza son, evidentemente, los luchadores, en especial los Saiyayines “la gente vegetal”, es decir, la gente que crece. Dragón Ball no nos muestra nada “realista” ni revelador sobre la lucha excepto por la esencia de la lucha misma. La grandeza de sus sayayines está en que ellos personifican esa esencia que consiste en querer, por sobre todas las cosas, la fuerza.

Querer la fuerza, querer ser fuerte: no el dominio, no el reconocimiento, ni siquiera la victoria, simplemente la fuerza: un Sayayin emprenderá una lucha que no puede ganar para llevar su fuerza al extremo, un luchador superior aceptará medirse con uno inferior para dejarle desplegar su fuerza para averiguar hasta donde puede esa fuerza llegar.

Eso hace de Dragón Ball,un manga simple pues se basa en la forma menos compleja de lucha que es la confrontación física, eso le hace también, y a su manera, el mas Nietzschiano.

El relato muestra esto admirablemente: los enemigos son tiranos que quieren el dominio o monstruos que quieren la destrucción, Mr Satán quiere el prestigio, los demás quieren vivir la apacible banalidad de la vida: los sayayines quieren, ante todo, la fuerza, la fuerza a través del ciclo del entrenamiento y del combate. A Vegeta le importa poco la destrucción del mundo, a Goku mucho, pero ese siempre es un motor secundario para sus acciones: la esencia de Dragon Ball no es la batalla contra el destructor sino el tenkaichi Budokai, el torneo, la lucha entre las fuerzas distintas de las que no solo emerge un vencedor sino en la que todas llegan a su extremo.

De ahí que los sayayines sean sorprendentemente libres de resentimiento, culpa o sentido del deber, y de ahí vienen, paradojicamente, los momentos verdaderamente nobles en la historia: en la saga de los sayayines cuando Krillin puede matar a Vegeta que yace exhausto junto a Goku pero este le convence que no lo haga: ha descubierto que es un sayayin y que quiere la fuerza, entiende que matar a Vegeta indefenso más que inmoral es bajo o es necio: es luchando con el cuando es más fuerte es como vale la pena vencerle. Para Vegeta ocurre al final en la saga de Majin Bu, en que supera todos los clichés -antagonista, amigo, “bueno”, “malo”- y admite que Goku es más fuerte pero se hace el propósito de ser todo lo más fuerte que pueda, con lo que acepta la superioridad del otro sin por eso serle realmente inferior pues la diferencia de fuerza entre los dos nunca esta cerrada.

La miseria de Dragon Ball está no tanto en la tontería en que están imbuidos los personajes sino en la inconsecuencia de la premisa: para satisfacer un marketing que pide que la historia gravite alrededor de unos pocos protagonistas los otros personajes pierden su oportunidad de buscar su propia fuerza y todos, miserablemente, renuncian, incluso Picollo el metamorfo, el puente entre los héroes y los monstruos, del que no se entiende ni porque renuncia ni porque deja de perseguir buscar la fuerza.

La grandeza del shonen, tal como existe desde hace casi cuatro décadas es esa: relatar el nacimiento y el renacimiento de una fuerza: son los ciclos de entrenamientos y combates, la emergencia de los nuevos enemigos y la alianza con los antiguos, el vinculo forjado no solo en la lucha contra lo destructivo o tiránico sino entre las fuerzas que, ante todo, quieren ser fuertes y llegar a su propio limite. Atletismo. 

Esta idea es la que, en Dragon Ball y en todo el “genero”, sobrepasa la puerilidad, la banalidad, todos los clichés y formatos que exige el marketing y sus variaciones: como nace una fuerza, que la distingue de otra, de que se nutre, como se manifiesta, cuales son los medios por los que se abunda, como colapsa ante una fuerza mayor y como renace.

Es cierto que la complejidad de las artes marciales, del combate, de la lucha de todo tipo es mayor pero el shonen es la perspectiva de la fuerza más inocente de la que nace y se pregunta ¿que tan fuerte puedo ser? ¿hasta donde puedo llegar?, es la pregunta quintaesencialmente juvenil. 

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En Hajime no Ippo el protagonista pide a su tutor, Tanaka, que le deje entrenar con el porque “quiere renacer” es dudoso que las motivaciones de los boxeadores sean tales pues siempre están inmersas en una gran complejidad economica, social, empresarial, pero en el manga ese deseo de fuerza que es el signo de todo atletismo allí aparece de la forma más “pura”.

Eso requiere que ella se encuentre ante otras que son superiores o incluso inalcanzables como en el caso de personajes como Yujiro Hama en Grappler Baki, Ricardo Martínez y  Tanaka en Hajime no Ippo , o Beerus en Dragon Ball Super que aparecen ya en su plenitud, invencibles e invictos desde el principio:  adversarios más que enemigos ellos no son más que la medida ante la que la fuerza de los protagonistas se compara y  lo que les impide abandonarse a la indulgencia, a la dulce idea de que “soy perfecto tal cual soy” al fin y al cabo para ser perfecto basta con plantearse un parámetro bajo o acomodaticio, llegar al limite de la propia fuerza ya es otra cosa distinta.

Por el contrario el protagonista debe ser vencible, debe ser derrotado y  no solo por el melodrama, por el condicionamiento  del público en que una decepción del espectador debe ser compensada por una satisfacción mayor, sino porque el renacimiento de la fuerza es el “eterno retorno” del shonen, su cantinela, su tema repetido: y al emerger de la derrota el luchador el shonen se acerca otra vez a su grandeza.

Entonces uno podría decir que si: que cualquiera que aprecie ese “eterno retorno” de la fuerza que renace puede ver,a cualquier edad,  el shonen y a Dragon Ball  pero que con el tiempo tiene que aprender a  apreciar, en la repetición de esa cantinela, cual es la grandeza de la expresión más simple y acaso honesta del manga y el anime. 

 

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